martes 2 de septiembre de 2008

La memoria en la piedra

Ignoraba, hasta la semana pasada, que existía un orden de insectos llamado Ephemenoptera (ephemeros = efímero; pteron = ala) que vivían en su estado adulto tan sólo unas horas, con el único fin de reproducirse, de perpetuar la especie. Si comparo esto con el hecho de que el planeta Tierra, por poner un ejemplo, tiene unos cuatro mil quinientos millones de años, no puedo evitar pensar que la existencia del humano se sitúa agónicamente en algún lugar intermedio de esos dos puntos y en mi mente se desencadena una reflexión sobre el paso del tiempo y la propia vida.

Seguramente está relacionado con el hecho de que siempre lea con detenimiento las listas de muertos que encuentro a veces en una lápida junto a monumentos importantes. En el norte de Francia hay muchas que hacen referencia a las dos grandes guerras. Se organizan por lo general en orden alfabético y en ocasiones se menciona la edad o la profesión. ¡Qué escalofrío da entonces descubrir a un niño! Imagino la historia que hay detrás de cada apellido, sobre todo si se repite el mismo dos o tres veces. Familias amputadas para siempre, seres que nunca pensaron en que sus nombres poblarían un día una piedra, que esta piedra se convertiría en el único testimonio de su existencia pasados sesenta o cien años, cuando una turista curiosa leyera tristemente la fatídica ennumeración. Quizás el morir así, como un civil inocente en un conflicto armado, o como un héroe de la resistencia le da a uno más derecho a ser recordado. La injusticia de una muerte prematura te coloca en otro lugar, indudablemente. Es como si ese momento de pervivencia que les otorga mi mirada, la de otros tantos que descifrarán esa escritura en lo sucesivo, les concediera un tiempo de vida suplementario para compensar a aquel que no fue vivido.

Cierto que este verano, tras leer a Vasili Grossman, a Primo Levi, a Georges Perec... me he sensibilizado aún más hacia la literatura de las víctimas. Hay un factor digno de análisis en todos ellos: en algún momento de sus obras siempre mencionan el sentimiento encontrado que produce el estar en el grupo de los que se salvan; el más amargo de los alivios invade a quienes ven cómo sus semejantes son sacrificados. Y en la mente de los afortunados se dibuja la pregunta irremediable “¿por qué yo no?” como si con su salvación se hicieran cómplices de la muerte de los hundidos.

Recuerdo en Vida y destino la carta de una madre a su hijo ya adulto, recluida en un campo de concentración, a pocas horas de su final. Es una carta de un condenado a muerte increíblemente llena de vida. En ella, la madre evoca la infancia del chico y compone una despedida que no puede dejar indiferente a nadie; pienso al leerlo que los asesino de esta mujer, todos los asesinos del mundo, también fueron bebés un día: aprendieron a andar y a hablar, rieron, miraron al cielo jugando a adivinar la forma de las nubes.

Cuando una catástrofe sucede porque alguien lo ha permitido o lo ha ordenado, al sentimiento de horror se une el de indignación. Si creemos que la naturaleza es moralmente neutra, probablemente su cólera, en forma de terremotos, huracanes o similar, nos deje, además del dolor, la impresión de absurdo que provoca lo inexplicable. Quizás el mal esté presente en estado puro. En el caso de dios, aunque no exista, ni siquiera podemos ya inventarlo. Yo no quiero ser eterna en el cielo de un dios que permite el sufrimiento de un niño. Ya me convenció de ello Iván Karamazov hace unos años.

jueves 24 de julio de 2008

Bendita ignorancia

A veces es mejor no saber, pero hay cosas que uno no elige. Le llegan, por así decirlo y a pesar de que intente borrarlas de su memoria, hacer como si no las hubiera oído, no puede evitar que resuenen en su interior, como una letania constante, inacabable. La vida sería muy distinta si pudiesemos eliminar aquellos recuerdos o datos que no queremos almacenar en nuestro cerebro. Creo haber visto alguna película donde un aparatito cumplía esa misión.


Hace algunos años, mis padres alquilaron en el mes de julio una casa de veraneo en la Provenza, con el fin de pasar unos días de tranquilidad en plena naturaleza. Estrictamente hablando, no era una casa completa, sino un ala de una finca enorme en el campo, que un matrimonio mayor había acondicionado como casa rural, para tener una fuente extra de ingresos.

Gilbert y Marie, así se llamaba la pareja, hacían todo lo posible para que la estancia fuera agradable al huesped, pero a mi ingenuidad juvenil no le pasaba desapercibido que su dedicación rayaba en el servilismo, que husmeaban contínuamente cuanto podían y trataban de sacar propinas y suplementos por cualquier motivo. A mis padres, esta actitud parecía no importarles, o al menos la aceptaban tal cual y estaba claro que en estos asuntos, la opinión de una adolescente contaba más bien poco.

La pareja tenía una perra de raza llamada Mona Lisa. Cuando supe el nombre del animal pensé que ese guiño a la historia del arte hablaba en favor de nuestros caseros, a los que yo había considerado, no sin cierta presunción por mi parte, gente muy “de pueblo”. Luego, esta idea se desvaneció cuando en la alacena de la cocina encontré un paquete de tagliatelle rancios con ese mismo nombre e imaginé el resto.


Los días transcurrían con esa deliciosa rutina del campo, que se disfruta con especial intensidad tras muchos meses de ciudad gris y estrés colegial: desayunos con pan recién hecho y mantequilla, largos paseos, lecturas...Yo no echaba de menos a mis amigos ni a la vida nocturna de fin de semana que tenía durante otras épocas del año, aunque seguramente la cosa sería muy distinta si estuviese condenada a vivir así siempre. Mi afán investigador me hacía curiosear por todas partes y la imaginación me llevaba a inventar historias que yo daba casi por ciertas a partir de pequeños detalles que observaba en las gentes.


Un día sorprendí una conversación entre los caseros, al otro lado del seto del jardín. Mi francés no era perfecto, ni mucho menos, pero lo que creí entender, de forma algo entrecortada, me heló la sangre:

“Sí, mañana a primera hora la llevo, al fin y al cabo es lo mejor para ella”

“Pero, ¿no sufrirá?”

“No.... será cuestión de poco tiempo; eso dice el veterinario”

“Sí, mejor así, antes de que su estado empeore. No quiero ver agonizar a la perra”


Entonces era cierto. Mona Lisa estaba enferma y la iban a sacrificar. No es que le tuviese especial apego, pero la noticia me llenaba de tristeza. Al atardecer, antes de la cena, pasé cerca de su caseta, donde el pobre animal estaba tendido en el suelo, dormitando. Al oírme levantó las orejas y agitó el rabo. La miré a los ojos. Tuve una sensación terrible. Supongo que es parecida a la que, en el caso de existir, tendría Dios cuando nos mirase a nosotros, insignificantes humanos, conociendo, como conocería, todo aquello que nos espera en la vida.

- Mona Lisa, mañana a esta hora llevarás muerta doce horas. No me entiendes, aunque percibes que algo pasa. No soporto el saber la hora exacta de tu desaparición y estar aquí, mirándote como si nada, sabiendo que mañana no existirás más. Pero no hay nada que yo pueda hacer. Dicen que es lo mejor, dado tu estado. Lo mejor, creo yo, sería preguntártelo a tí, pero en este caso, me temo que es inviable. Lo siento mucho, de verdad. Adios, perrita bonita.


La acaricié por última vez y me marché con lágrimas en los ojos.


El día siguiente amaneció nublado y pasé la mañana leyendo en mi habitación. Por la tarde mis padres se marcharon de compras y me tumbé en el sofá del salón a ver una película de video bobalicona que algún inquilino había olvidado. Como era de esperar, me quedé dormida. Cuando desperté había oscurecido y la casa seguía vacía. La cinta había llegado al final y en la televisión no había más que puntos grises acompañados de su ruido característico. Apagué el aparato con el mando a distancia. Error. Me sumí en una oscuridad y un silencio casi totales. La situación, sumada al desconcierto del despertar y la sensación amarga que habia tenido durante todo el día, provocó en mí un miedo paralizante. No me atreví a moverme del sofá, en aquella habitación de repente desconocida para mí, llena de sombras. Creí oír pisadas en el empedrado de fuera. Las ventanas estaban abiertas y podía intuir más allá las siluetas de los árboles, la vida nocturna del bosque, acechando a pocos metros. Pensé en Mona Lisa. En su cuerpo ahora frío o quizá inexistente, convertido en cenizas. Me pareció que algo se movía tras los arbustos. Si hubiera un intruso oiría a Mona Lisa ladrar, pero no, ella no está aquí. La verdad es que podría haber hecho algo, ayudarla a escapar de la casa, esconderla en el bosque; aunque un perro no entendería mis intenciones. ¿Cómo explicárselo? Oí algo parecido a un quejido. Quizá, desde donde esté, siente que la he traicionado, que he permitido su muerte pudiendo impedirla... Mis padres ¿Por qué tardan tanto en volver?


Apenas pude tragar saliva cuando en el hueco de una ventana, a la altura de las hortensias, vi dibujarse en el aire, haciendo un guiño a la historia del arte, una sonrisa a medio esbozar.




miércoles 23 de julio de 2008

Andarás errante y perdido por el mundo

Viéndote así, dormido, puedo contemplar tus manos con calma, a mi antojo. Manos fuertes y blancas, aunque no tanto como las nieves de tu infancia cubriendo los caminos que debías atravesar en trineo para ir a la escuela. Recuerdo tus relatos al respecto, la sobrecogedora visión de los bosques silenciosos y el río Neva helado; tu madre, en la ventana, viendo como te alejabas, mientras releía por enésima vez otra carta más venida de España; tú, estudiando mucho para ser un hombre de provecho y que no te falte de nada en la vida, hijo mío...

Años después, ahora, estás aquí. Jamás te he pedido nada. Nunca me importó contemplar la interminable lista de nombres femeninos que, con afán de coleccionista, anotabas en tu agenda: Irina, Elisabeth, María, Mitsuko, Sophie... De hecho me divertia tanta profusión de nacionalidades, como una ONU que se hubiera vuelto orgiásticamente loca. Tampoco estaba en condiciones de reclamar exclusividad, llevando una alianza en mi anular. Debo agradecerte una cualidad tuya, que es la de no hacer preguntas; prefieres no saber, o en todo caso saber por deducción de lo que ves. Yo intuía que tu promiscuidad exacerbada era una huída hacia adelante, que todas esas mujeres, diosas durante un instante de tu vida, te hacían sentir mejor porque te reflejaban como el hombre que tu querías ser y ellas creían ver: un triunfador hecho a sí mismo, atractivo, liberal, culto e imaginativo, capaz de seducir en cinco idiomas. Todas ellas querían ser un cataclismo en tu vida, una pasión devastadora, que como fuego que era, estaba destinada a consumirse pronto.

Lo nuestro no fue nunca nada serio. Quisiste jugar, igual que yo, y ambos aceptamos las reglas del juego. Le buscamos el lado más lúdico al sexo y faltó poco para que nos prometiéramos sernos fieles durante todos los jueves de nuestra vida, que era el día fijado para nuestros encuentros. Luego empezaron tus cartas, escritas casi en plena borrachera, a las cuatro de la mañana y diciendo tantas verdades, aunque suene tópico. Me convertí en tu confidente sin quererlo y por eso, aquel jueves falté a nuestra cita. Necesitaba poner espacio entre nosotros. Te estabas saltando las normas del juego. Te mandé un mensaje con cualquier excusa y me senté en un parque a leer y a mirar a la gente.

Mientras oigo tu respiración tan pausada podría contarte lo que llamó mi atención en aquel momento. En el banco contiguo al mío había un mendigo escuálido que sacó una bolsa de patatas fritas de su mochila. Ví que, en lugar de devorarlas hambriento, se entretenía buscando algo en el fondo de la bolsa. Me quedé atónita cuando observé su cara de satisfacción al encontrar el “premio” envuelto en papel blanco, una pegatina o algo así, supongo. Con esto, quiero decirte, que a veces lo que para uno es claro y evidente no lo es para otro. Yo hubiera jurado que el vagabundo jamás se interesaría por la pegatina y ya ves...

Tampoco podemos adivinar qué pequeño elemento de la vida cotidiana evocará recuerdos inesperados produciendo una sonrisa y no sólamente cuando se trata de la vida ajena, también con uno mismo. Solo después de releer tus cartas me he convencido de que tu triunfo tiene más de trágico que de heroico, de que siempre has tenido que marcharte cuando querías hacer lo contrario, de que, en el fondo, quisieras cruzar el Neva helado de nuevo.

Mañana viernes, o pasado, o al otro, puede que despiertes de este sueño profundo al que te ha llevado el último de tus excesos. La enfermera dice que nunca se sabe. Yo trataré de estar aquí, porque a todos nos gusta algo de compañía de vez en cuando. A lo mejor, cuando despiertes, incluso puedes seguir fingiendo que es falso lo que los dos sabemos sin decirlo: que, tristemente, yo soy tu única patria y mi cuerpo la tierra que te acoge mientras buscas una Ítaca que ya no existe.

domingo 20 de julio de 2008

Insomnio

Supongo que estoy empezando a sentir, de nuevo, los efectos secundarios del Prozac. Los cambios de estación siempre me han sentado fatal y actualmente el clima da tantos vaivenes que el cuerpo no termina de acostumbrarse a los diversos estados atmosféricos. Llevo seis noches viendo amanecer, transitando entre el sueño y la vigilia de manera imperceptible, percibiendo el paso de casi todas las horas en el reloj, buscando otro cuerpo en los casi tres metros cuadrados de vacío en los que trato de reposar sin lograrlo.

El levante es un viento de locos aquí. Silba endemoniadamente y parece que saliera del mismo infierno, por lo abrasador de su aliento. Seguro que tiene parte de responsabilidad en las extrañas imágenes que me produce el desvelo, mitad soñadas, mitad imaginadas. Un bogavante enorme se mueve en el suelo de la cocina, rebelándose contra sus límites de crustáceo, De repente, su interior se licúa y se expande por las baldosas, formando una masa viscosa, anaranjada, en la que se detecta un pálpito de vida y de voluntad. Aunque esa forma no tenga ojos, sé que me está mirando. No puedo evitar pensar en Stanislav Lem.

Luego una burbuja gigante, acorazada, acoge, para salvarlos, a todos aquellos que alguna vez fueron perseguidos injustamente. - No tengas miedo, es un cristal de alta seguridad- me dice una amable voz, mientras observo atónita cómo yo misma estoy dentro de ese refugio-carcel, sin saber muy bien por qué ni para qué.

La sensación de picor en mi espalda se acentúa cada vez más, algo extraño quiere brotar a la altura de los omoplatos. Con ayuda de un espejo, constato mi progresiva transformación, no en un escarabajo, sino en un precioso pájaro azul y oro que escapa ligero, por la ventana. Atraviesa bosques de hayas e inmensos valles y llega hasta el pequeño rincón donde duermes, te susurra al oído el lugar, donde, azarosamente, te detendrás mañana. Donde, azarosamente te encontrarás conmigo, después de tantos años. Apenas nos reconoceremos, pero después, como dos extraños, desnudos de todo lo que fuimos, siendo solo nosotros, celebraremos al fin los más recónditos pliegues de nuestras geografías, esperadas, soñadas, durante un milenio.

Horas más tarde enmudecen los grillos; se detienen, por fin, los tambores, que han sonado toda la noche cerca del faro. Sale el sol. Sigue silbando el levante.

domingo 29 de junio de 2008

Tu voz

Tu voz es un bosque centenario, donde el tiempo del hombre queda disminuido, casi ausente.

Tu voz es todas las lluvias del mundo juntas; transparencia vertical que trae la vida.

Tu voz nace más allá de la piel y del pensamiento, en la región en la que algo fue virgen un día.

Resuena oscuramente al hablar de tierras remotas: México, Essaouira....

Sé que pronunciarás mi verdadero nombre con los mismos ecos.

viernes 9 de mayo de 2008

LOS HOMBRES NO LLORAN

Un presentimiento oscuro, no… esta vez no quiero tener razón, no quiero acertar. Olvídate de esos presagios. Ya sé que hay cosas que se mueren para siempre. ¿Qué puedes hacer cuando buscas dentro de ti y no encuentras? Has perdido algo o quizá te has perdido tú. Nadie ha inventado nunca una brújula para esos caminos. Buscar, encontrar. Uno se pasa la vida moviéndose hacia ningún sitio. Cada vez los viajes son más imposibles. Pero no puedes decir “seguid sin mí”. NO PUEDES DECIRLO. Lo sé. Y mañana un evento con la alta sociedad de la capital. Tengo que buscar, encontrar, un bolso a juego con estos zapatos en mi armario caótico. ¿Por qué busco un bolso, cuando lo que debería buscar son respuestas? Aquella voz el miércoles fue una luz en medio de la nada. Vitaminas, aviones, IKEA… Otros días estás en el aire, si, pero de verdad. En las nubes, mirando desde arriba a tus compañeros como se mira a los peces en un acuario. No hay mucha diferencia: ir y venir con cara absurda y bobalicona pensando que en aquella esquina de la pecera quizá haya algo diferente esta vez. Pero este acuario ya está muy sabido, nunca hay sorpresas. Y estos peces no lloran con Sebald, ni siquiera saben quién es. Menos mal que yo lo veo todo desde arriba, pienso. Luego cojo ese libro; Ray, Ray… ¿qué coño de nombre es Ray, si seguro que eres de Madrid o Barcelona? Me miras mientras sujetas tu cerveza, tapando la etiqueta para que no se vea la marca. Llevas tu anillo de calavera y nos miras casi de lado. Quieres ser trasgresor. Me parece bien. Aún eras joven en esa foto. Yo te leo bebiendo champán entre sábanas de colores que aún huelen a jabón. Tu historia no me conviene nada ahora, pero me gusta. Me escribe mi amiga, me pide opinión sobre su libro casi terminado. Que importante soy, pensé. Pero no me dejan quedarme detrás de la ventana, mirando lo verde, mientras se pasa esta lluvia maravillosa que me está jodiendo el ánimo y las ganas de trabajar. Se mete en mis sueños en forma de pesadillas acerca de enfermedades terribles, de agonías terribles. Me hace rezar para que se haga de día de una maldita vez, porque cuando viene la noche, viene la muerte y yo no soy inmortal, aunque no me haya dado cuenta hasta hace bien poco. Y hace poco me he dado cuenta de que tengo vértigo, y no me entra por estar arriba sino por mirar atrás, sobre todo por mirar atrás, en el tiempo, al ver a aquella niña de diez años, tan alegre, viviendo en la ignorancia de lo malo, de la pena, de lo sucio, cuando todavía te podían engañar. Ahora no, ahora nadie te engaña. Ves las puñeteras verdades venir desde lejos, como un mercancías que te arrolla sin piedad. Lo tienes merecido, para que sepas quién manda aquí.
“Todoelmundotienederechoaunainfanciafeliz”. Luego ese recuerdo te perseguirá siempre. En todos estos años, he buscado sin encontrarlo un remedio para la nostalgia, escondida acechando en cada esquina de esta pecera gigante, dispuesta a hincarte los dientes hasta la yugular. Y lo malo o lo bueno de todo esto es que lo que un día te parece la mierda más absoluta al día siguiente te salva, y no puedes pasar sin ello y te alegras de existir; Pascal con su caña pensante y todas esas gilipolleces que uno piensa cuando se encuentra mejor que yo y no está con la sensación de náusea que tengo hace una semana, desde el maldito día en que me lloraste al teléfono y me hiciste sentir lo cabrona y lo zorra que he sido contigo.

viernes 2 de mayo de 2008

"Les fleurs du mal"

“Una voz no puede llevar consigo la lengua y los labios que le dieron las alas” (K. Ghilbran)

Recuerdo aquel parque y recuerdo también que solo pensé en golpearle hasta verle sangrar. Ya habia imaginado muchas veces su rostro bellísimo, como de ángel, enturbiado con algún gesto de dolor, o con esa sombra que lleva la mirada cuando uno ha tocado fondo alguna vez. En ese momento, la ira que sentía dentro de mí me impedía pensar con claridad.

Yo era muy joven cuando le conocí. Le vi en ese pasillo, rodeado de gente. ¿Cómo asimilar que la belleza soñada hace dos mil quinientos años por un griego estaba allí, materializada, en un rincón de la facultad, con Madame Bovary bajo el brazo? Era una hermosura más allá de los sexos y de los límites masculino-femenino que nos impone la sociedad y la naturaleza. Yo estaba sentada y él pasó de largo. Ni siquiera me vio. De hecho, y a pesar de coincidir en varias clases desde entonces, tuve durante mucho tiempo la sensación de que no me veía; a pesar de compartir mesa y apuntes de vez en cuando, no podía evitar sentirme pequeña y absurda a sus ojos de un azul inalcanzable.

En el cine, hay actores a los que, una vez aparecidos en pantalla, resulta imposible no mirar. Da igual si en la misma escena hay otras diez personas. Todos los espectadores, sin distinción de género, son arrastrados por aquella presencia resplandeciente. Él (no quiero pronunciar su nombre ni darle uno falso), él era así.

Pronto me di cuenta de que ninguna de las estrategias de seducción al uso me funcionaría. Parecía tener sus propias normas sociales y vitales. Dormía poco, leía mucho. Descubría pequeñas maravillas en nuestra realidad cotidiana en las que nadie reparaba y sin embargo, se le escapaba lo más evidente, mi amor absoluto hacia él; un amor, que tácitamente era rechazado. Un regalo que quedaba sin dueño, arrinconado, sin haber sido abierto aún.

En cada encuentro (por fin a solas) nuestras conversaciones se alargaban más y más. Recuerdo un sábado que comenzó desayunando cerca de la Plaza Mayor y acabó paseando ante el Museo del Prado, charlando sobre pintura mientras se encendían las farolas y comenzaba a hacer frío. Cuando hablábamos de nuestros sentimientos siempre era con referencia a terceras personas. Teorizamos mil veces sobre el enamoramiento, la pareja, la infidelidad... nos reíamos del romanticismo y nos despedíamos con dos besos al pie de mi autobús, al que me acompañaba amablemente.

Tras mi sonrisa amistosa de aquel momento se escondía un deseo abrasador de besarle, de decirle que no soportaba su ausencia, de expresarle mi total devoción, como solo se ofrece a un ser que está en otra esfera de la existencia, lejos de todo lo impuro e imperfecto que hace del género humano lo que somos.

Pasados unos meses yo había perdido toda esperanza acerca de una relación diferente de la que dominaba nuestro universo particular, intelectualizado y etéreo. Él jamás se pronunciaba al respecto, y yo, por puro egoísmo, por pura salud mental mía, decidí dejar de verle. No tuve valor para hablar. Distancié las citas, acorté las conversaciones telefónicas.

Lloré.

Tras un par de años de silencio, un día recibí una llamada. Estábamos en primavera. Era él. Había encontrado entre sus cosas un libro mío y quería devolvérmelo. En todo ese tiempo yo había logrado dulcificar su recuerdo, encontrar el lugar adecuado en mi mente para ubicarlo allí, sin que me incomodara ni me atormentara su presencia; clasificar aquel dolor, como hacemos siempre con todas las cosas, darles un nombre, archivarlas.

Ya no existe en ese parque el banco en el que nos sentamos. Me hubiera gustado volver allí alguna vez. Llegó puntual, contra su costumbre. Estaba cambiado. Por primera vez sentí que fluía la sangre por sus venas, sus ojos me veían a mí, sus brazos me rodearon amistosamente. Alabó mi aspecto y sentí un escalofrío. Me prestó su chaqueta. Tenía mi libro en la mano, pero no me lo daba. Lo retenía sospechando que al desprenderse de él daba un adiós definitivo a todo lo que fuimos, a aquella esencia incontaminada e imposible de nuestra adolescencia, que se había ido desvaneciendo con el tiempo y las frustraciones. Fui consciente en ese momento de que ese libro, que me pertenecía y que había permanecido tantos años con él, era nuestro último vínculo.

- El libro era una excusa para llamarte. Sé que sufriste, aunque nunca lo dijeras. Sé lo que yo significaba para ti. Pero no estaba preparado para ese amor. No era el momento. Tú no me conocías; en realidad no me conoces. No era de mí de quien estabas enamorada... Yo nunca te hubiera hecho daño... He necesitado todo este tiempo para darme cuenta... no soporto tu ausencia, quisiera besarte.

Todos los sentimientos tan celosamente guardados se transformaron en un aluvión de ira. Solo pensé en golpearle, en gritarle, en transformar en violencia esa necesidad de contacto físico que había sentido durante tantos años. Me irritó profundamente que esa oportunidad de un momento feliz junto a él hubiera sido descartada desde el principio por aquellos pensamientos enrevesados, incomprensibles para mí. No entendía nada.

- Me caso el mes que viene- le dije, intentando controlar mi emoción- No me hagas esto.


Se quedó helado, pero se sobrepuso enseguida. No quise o no me sentí capaz de asimilar sus palabras, de creerlas y asumir todo lo que eso significaba.


- ¡Vaya!- sonrió, tratando de aparentar una resignación que no tenía-, hemos ido a destiempo.


Charlamos un rato. Bromeamos sobre el romanticismo. Me acompañó al metro. En las escaleras vi temblar levemente su mano blanquísima, mientras me devolvía el libro.

Varias veces le he llamado, tras mi divorcio. Siempre coincide con la primavera, como esa cita en la que me devolvió tantas cosas junto con aquel Baudelaire. Siempre responde una señora mayor con una voz triste, parecida a la de su madre.


- Aquí no vive nadie con ese nombre, lo siento.


Ahora le creo.